Háblame de la emigración

Onelia emigró a París en 1963 para reunirse con su esposo, que se había ido tres años antes. Como muchas otras familias emigrantes, dejaron a sus tres hijos aquí, la mayor interna en un colegio de O Barco de Valdeorras y los dos pequeños con los abuelos maternos. A Onelia le resultó muy duro marcharse dejando aquí a sus hijos.

A través de unos familiares de su esposo, Onelia pronto consiguió un trabajo en el servicio doméstico, una ocupación muy habitual para muchas emigrantes. Estuvo más de un año con ese empleo, pero como eran pocas horas y quería ganar más dinero, empezó a trabajar también en un restaurante.

Onelia se sintió muy bien acogida en sus dos trabajos. En el restaurante, la familia tenía una niña pequeña con quien se encariñó mucho y a la que le enseñaba palabras en español; esto también la obligó a ella a aprender más francés.

En 1966 el matrimonio regresó para la primera comunión de su hija mayor, y con este motivo los niños pudieron conocer a su padre, ya que estos eran muy pequeños cuando él se fue.

Después volvieron para Francia llevando a sus dos hijos mayores, y dejando con los abuelos maternos al pequeño. La familia estuvo un año más en París y retornaron después todos juntos a su pueblo, Vilamartín de Valdeorras, donde montaron una granja de conejos.

Tres años después de este regreso su marido decidió emigrar de nuevo, esta vez a Holanda, quedando ella con sus cuatro hijos, pues en este tiempo habían tenido otro. Onelia mantuvo la granja hasta amortizar la inversión, y después se deshizo de ella. Continuó trabajando en el campo y cuidando de los hijos y sus suegros mayores, que no cobraban ninguna pensión. Durante este período, aunque vivía aquí, se hizo residente en Holanda, donde pasaba temporadas esporádicamente. Hoy cobra una pensión por haber trabajado en Francia y otra por haber sido residente holandesa y por sus cuatro hijos, aunque ya son todos mayores.

Onelia en París