Háblame de la emigración

Me llamo Isaac Fernández, pero las amistades me conocen por el nombre de Isaac Xubín. Nací en el mes de julio de 1978, en A Coruña. A pesar de que el lugar de nacimiento suele ser algo accidental en la vida de las personas, no es mi caso. Nací en A Coruña porque mi padre quiso expresamente que así fuese. Mis abuelos paternos habían estado emigrados en Bilbao, pero habían vuelto al poco tiempo de que naciese mi padre en 1955, y a él le quedó la espina clavada para siempre de haber nacido en un lugar del que no recuerda nada. Así que cuando yo estaba a punto de nacer, estando destinado en un pueblo muy pequeño del norte de Burgos, Espinosa de los Monteros, decidió volver para que yo no viviese su misma historia.

De algún modo, la emigración me marcó desde los primeros segundos de mi vida y a pesar de que con mis padres y mi hermano pequeño viví en Espinosa de los Monteros, Astorga o Gijón, siempre consideré a Galicia como mi casa. Empecé a estudiar Filoloxía Galega y en el momento en el que me faltaban unas pocas materias para terminar, me di cuenta de que el paro era mi futuro. Esa fue la razón por la que me decidí a hacer algo diferente para completar mi formación como filólogo y evitar la cola de la oficina de desempleo. En el año 2002 cogí un tren y me fui al País Vasco, a Bilbao, para aprender euskera, cerrando así un círculo familiar y, de algún modo, dándole sentido al propio lugar de nacimiento de mi padre.

Viví allí seis años, cuatro en Bilbao y dos en Victoria-Gasteiz, hasta que me decidí a estudiar un máster de Planificación y Política Lingüística en Galicia. Este hecho, y mis publicaciones que vieron la luz durante esos años, como un diccionario vasco-galego, me dieron la oportunidad de acceder a una beca como lector de lengua y cultura gallegas en la Universidad Nacional de Irlanda, en Cork, una ciudad en la que residí durante cinco años y donde no conocía a nadie.

Pasado este tiempo, mi novia, que también había llegado como lectora de catalán a Irlanda, consiguió una buena plaza en el Departamento de Lenguas Aplicadas de la Universidad de Sheffield, en Inglaterra, donde tampoco conocíamos a nadie. Y allí vivimos desde hace un año y medio.

Me adapto bien. Me parece muy interesante la historia de los ingleses y me gusta de ellos que son muy abiertos a lo que viene de fuera. Esto en términos generales, no me gusta mucho hablar generalizando, todas las personas somos únicas y, al igual que en Galicia, en Inglaterra puedes encontrarte de todo.

La vida en un país extranjero es diferente pero, de hecho, no lo es tanto como lo era en Bilbao o Astorga con respeto a Galicia. El paisaje inglés es muy similar al gallego y la gente tiene un humor muy irónico. Pero, salvo estas semejanzas, la vida es distinta. Si no eres capaz de adaptarte, si no tienes la mente abierta y con ganas de disfrutar y de aprovechar al máximo las cosas nuevas, debe de ser muy difícil ser feliz.

Como muchas cosas de la vida, la emigración es una situación de dos caras. Por un lado es positiva, aprendes muchas cosas y moralmente aprendes a ser muy humilde, no hay verdades absolutas... pero por el otro, es un hecho que te desarraiga, más o menos lo que comentaba antes, ahora mismo soy un gallego que es muy irlandés, vasco, catalán... Aunque echo de menos a mi gente. El problema es que he viajado tanto que pienso que me he convertido en un extranjero eterno. Ya pasé mucho tiempo fuera de Galicia y no sé si volviendo pretendería que todo fuese igual a como lo dejé.

Así que soy emigrante básicamente por trabajo, por buscar nuevas posibilidades de dedicarme a lo que me gusta. A pesar de que no fui un buen estudiante supe interpretar con acierto las necesidades de mi entorno y pude hacerme un hueco basándome en mis habilidades. Ahora me dedico a escribir, traducir y acabar mi tesis doctoral: la relación entre literatura y gastronomía en la obra de Álvaro Cunqueiro.
Estoy muy satisfecho porque, sobre todo, hasta ahora nunca me vi condicionado por factores ajenos a mí, mis decisiones fueron 100 % decisiones propias.