Háblame de la emigración

Olivia Estela Coy Bac emigró a México en 1985, con veinte y cinco años. A los dieciséis años se casó con Carlos Hernández y tuvieron tres hijos: Darwin, Verónica y Yohana. La situación económica de la pareja era complicada, ya que su marido trabajaba en el comercio, con un sueldo muy bajo, y ella era ama de casa.

En 1985, con veinte y cinco años, decidió emigrar para poder darles una mejor vida y una mejor educación a sus hijos. Por medio de unos paisanos guatemaltecos consiguió trabajo en una pupusería en México, una tienda donde venden empanadillas y tacos mexicanos. El dinero que ganaba se lo enviaba a su familia para pagar la alimentación y la educación de sus tres hijos.
Olivia pagó un visado de tres meses para México y al final se quedó tres años ilegalmente. Su vida como emigrante consistía en trabajar de lunes a viernes doce horas diarias para poder ganar más dinero y ahorrar. Allí vivía con tres chicas llamadas Rosa, Irma y Elsa. De aquella convivencia recuerda con especial cariño las celebraciones de su aniversario, el 25 de diciembre. Sus compañeras de piso le preparaban unha especie de bautizo con champán y un pastel.

Como anécdota, Olivia cuenta cómo conoció a un chico llamado Héctor Ernesto, con quien coincidía todos los domingos después de almorzar en la basílica de Guadalupe. Poco a poco se fueron enamorando, pero para ella era un amor imposible, ya que estaba casada. Al final se dieron cuenta de que su relación no podía funcionar, y Ernesto se fue a Estados Unidos.
Las relaciones con su familia eran complicadas, ya que Olivia solo podía enviar dos cartas al año y tenía pocas noticias de ellos. Con todo, pese a esto, ella se siente muy feliz de haber emigrado, ya que pudo vivir muchas experiencias y mejorar su situación económica.

En 1990, con treinta años, Olivia regresó porque ya tenía el dinero suficiente y porque no podía estar tanto tiempo sin estar con su marido y sus hijos.