Rosa emigró a Venezuela en el año 1958 y regresó en 2018.
El viaje era en un principio de vacaciones, para visitar a su hermano, que ya había emigrado unos años antes.
Lo que en un inicio serían 3 meses se acabó convirtiendo en 60 años de vida en el país.
Rosa emprendió el camino de la emigración a los 15 años. Al ser menor de edad e ir sin acompañantes para Venezuela, en el barco su “tutor” fue el capitán. Esto le permitió tener un viaje más cómodo de lo habitual para el resto del pasaje.
Al llegar a puerto tenía que recogerla su hermano, pero por una confusión tardó un tiempo en llegar. Si no llegaba a tiempo, el capitán no podría haberla dejado en tierra y tendría que zarpar y seguir el recorrido fijado, es decir, Rosa seguiría el viaje del barco hasta Cuba. Por suerte, su hermano consiguió llegar en el último momento y Rosa pudo quedarse con el.
A sus 15 años no era muy consciente de los motivos por los que se tuvieron que ir de Galicia. Con el tiempo si pudo darse cuenta de la mala vida y la opresión que se vivía Galicia, sobretodo en el rural.
Además, los padres de Rosa habían fallecido por enfermedad siendo ella una niña y los gastos médicos derivados de ello habían ocasionado una deuda familiar que era difícil de saldar con las posibilidades laborales que ofrecía Galicia. Por lo tanto, su hermano decidió emprender el camino de la emigración, al que más tarde se unieron ella y su hermana.
Rosa siempre tuvo muy claro que no quería ser una carga económica para su hermano, con el que vivía en Venezuela.
Estudió Belleza y comenzó a trabajar para defenderse por sí misma. Aunque había la posibilidad de compaginarlo con los estudios, estos eran en horario nocturno y no pudo realizarlos por la inseguridad que se vivía en las calles.
Más tarde se casó (con otro emigrante gallego) y formó una familia. Desde entonces se dedicó plenamente al cuidado de sus 5 hijas.
Años más tarde montaron un pequeño negocio en el que vivieron en primera persona las consecuencias del Viernes Negro de 1983 y la fuerte devaluación del bolívar frente al dólar. Muchos comercios y pequeñas empresas quebraron tras la implantación de estas medidas económicas.
Rosa mantenía el contacto con sus tíos y primos en Galicia por carta y vino tres veces de visita antes de su retorno.
Tenían un teléfono fijo pero en Galicia no todos los familiares tenían teléfono. A veces podía llamar a la taberna, que tenía un teléfono público, y planificar la llamada con sus familiares para días posteriores.
Al igual que su marcha, el regreso a Galicia también fue casual. A su hija Karina le otorgaron una beca para estudiar en Lugo. La Xunta daba ayudas para la vuelta de los emigrantes retornados y Rosa las aprovechó para venir a ayudar a su hija y a sus nietas. Al final se quedó de forma definitiva, pero en Venezuela aún tiene a su marido y varias hijas con sus respectivas familias.
Asegura que aún le cuesta adaptarse. Comenta con humor que tenemos que darnos cuenta que no había vivido un invierno en 60 años.
Emigrar supone para ella empezar de nuevo, y volver a empezar de nuevo nunca es fácil.
Rosa manifiesta haber tenido una vida sencilla y satisfactoria.