Háblame de la emigración

Raquel es de una aldea de Asturias, en la cual vivía muy pobremente. Unos tíos suyos decidieron emigrar a Venezuela y les ofrecieron a sus padres llevarla con ellos. Así, con dieciséis años se embarcó en el muelle de A Coruña hacia Venezuela, con sus tíos y una prima.
Al principio trabajó sirviendo en casas, y con el tiempo sus tíos compraron una pensión en la que trabajó toda la familia. El negocio les fue bien, pero trabajaban muy duro. La clientela era en su mayoría emigrante, y así fue como conoció a un gallego que luego se convertiría en su marido.
Con los años, a base de trabajar mucho y ahorrar, compraron un hotel. Su vida en Venezuela fue muy sacrificada, sin apenas tiempo libre para nada más que trabajar y reducir los costes de contratación de empleados en el negocio haciendo ellos directamente todo lo que podían para ahorrar, trabajando día y noche, sin vacaciones, domingos ni festivos. Todo el dinero que ahorraban lo enviaban para España.
Raquel cuenta que Venezuela los acogió muy bien. Allí tuvieron a sus tres hijas y dejaron buenísimos amigos; pero el hecho de tener la familia aquí y la creciente inseguridad en las calles con casos de robos y violencia les hizo tomar la decisión de retornar cuando su hija mayor contaba con diez años, para que ellas pudiesen ser educadas en otro entorno.
A su regreso, y como siempre habían trabajado por cuenta propia, invirtieron sus ahorros para montar una gasolinera. Más tarde adquirirían varias más.

Con su novio gallego, que después se convertiría en su marido
Celebrando el fin de año con un grupo de emigrantes que comían habitualmente en la pensión que ellos tenían