La emigración de Manuel Queiruga Martínez empezó cuando contaba con 21 años. Marchó a Erandio (País Vasco) en busca de aventura y para mejorar su vida. Allí vivía en una posada y empezó a trabajar pintando barcos, trabajo que dejó para ir por la ría en una embarcación repartiendo gasóleo por los pueblos. Pero la intención que tenía Manuel era marchar con su tío, que emigrara a Newark (Nueva Jersey). Lo tenía que reclamar, pero los papeles no llegaban, por lo que acordaron entonces que, si tenía modo de ir, que fuera, que él lo estaría esperando.
Manuel buscó la manera de ir en un barco trabajando de fogonero, el viaje duró aproximadamente 12 días. Al llegar al puerto, estaba el primo para recogerlo, porque su tío había fallecido.
Le buscaron una habitación para vivir, ya que la casa de la familia era muy pequeña y no cabían todos. El primer mes fue terrible: no entendía el idioma y todo se le hacía desconocido; la suerte que tuvo fue que allí ya había grandes supermercados, entonces él cogía lo que necesitaba para comer y así estuvo casi sobreviviendo a base de bocadillos. Pero poco a poco, y haciéndose entender por señales, fue acostumbrándose y aprendiendo lo necesario para vivir.
Su primer trabajo fue en un restaurante lavando platos, después pasó a la construcción donde estuvo 7 años porque ganaba más. Finalmente acabó marchando para el muelle, allí se dedicó a sacar las maletas de correos y acabó en carga y descarga de barcos donde se jubiló.
A los 10 años compró una casa y no volvió a España hasta que pasaron 12 años, porque el dinero no daba para todo.
Tuvo que casarse ya que en el trabajo le exigían tener nacionalidad norteamericana, y preparó una boda con una puertorriqueña con la que tuvo dos hijos, pero ella acabó marchándose, y se quedó él solo con los hijos. En unas vacaciones a España se enamoró de su segunda y, para él, verdadera mujer, Manuel le arregló los papeles y la llevó con él, primero fue como turista, pero allí estuvieron hasta que se jubilaron. Ella trabajó en una fábrica de muñecos dándole color a las caras.
En Newark Manuel fue feliz, pero no dudó en vover a su pueblo cuando se jubiló. En el trabajo siempre se portaron bien con él, conoció gente de todas las nacionalidades y la vida allí era muy distinta a la que dejaba en Pontedeume. Manuel guarda un gran recuerdo y no dudaría en volver a marchar si fuese joven, allí siguen viviendo sus hijos y nietos, a los que fue a ver en alguna ocasión.