Mi abuela nació en 1948 en una aldea cerca de Touro, en la zona de Santiago. Es de una familia de cuatro hermanos. Nunca tuvo estudios porque ella, junto con su hermano mayor, tuvo que trabajar para que sus dos hermanos pequeños pudieran estudiar.
A los 16 años le entró el gusanillo de emigrar. Tenía esa ilusión porque conocía gente que lo hiciera y le fuera bien. No tuvo nunca la necesidad precisamente, pero tenía ganas de cambiar de aires, de conocer nuevas culturas y de ser independiente, además de que los sueldos en Inglaterra eran el doble de lo que ella podía ganar en Galicia en aquella época.
Así, a los 17 años empezó a trabajar en el Hotel Riazor de A Coruña, para conseguir suficiente dinero como para poder emigrar a Inglaterra y, al cabo de un año, fue para el centro de Londres. Cogió el tren hasta Hendaya, Francia, y de ahí hasta Inglaterra. El viaje fue caro, pero en avión era aún peor. Después, en Londres, se movía en autobús y metro, lo que le encantaba. El metro fue un gran descubrimiento.
Tuvo la suerte de tener una amiga allí que le consiguiera un contrato de trabajo, de modo que cuando llegó ya tenía la vida arreglada. Empezó a trabajar en Kensington Hotel. Tuvo mucha suerte y encajó muy bien. Además, aunque no sabía hablar nada de inglés cuando llegó, desde el principio se juntó con las chicas inglesas de allí, lo que le obligó a aprender más rapidamente el idioma y ser capaz de defenderse ella sola.
También cogió la costumbre de leer el periódico en inglés todas las noches. Como sabía hablar los dos idiomas, muchas veces la encargada del hotel le pedía si podía ayudar a otra gente recién llegada de España a arreglar los papeles o, por ejemplo a los matrimonios embarazados, a encontrar una casa en la que se admitiesen niños, ya que como tenían que convivir con otra gente y los niños lloran y molestan, no era fácil encontrar un lugar en el que hacerlo.
Después de estar en Inglaterra, tenía la ilusión de ir a Australia, con la ventaja de ya conocer el idioma, pero conoció a su marido en Londres y al final quedó allí. Su marido, mi abuelo, también era gallego, de una aldea pequeña cerca de Laxe, y también emigrara a Inglaterra a los 18 años. Tampoco tuviera mucha oportunidad de estudiar y se convirtiera en aprendiz de peluquero. En Inglaterra encontró trabajo en la peluquería Lord’s, cerca de Walthman Cross, al norte de Londres.
Así que, después de cuatro años trabajando en el hotel, mi abuela conoció a mi abuelo y se casaron. Ella dejó de trabajar en el hotel cuando se quedó embarazada y, como mi abuelo trabajaba en el norte de Londres en vez de en el centro, decidieron mudarse allí y comprar una casa.
La casa estaba en una calle cortada y sin salida, donde se conocían todos y se llevaban muy bien entre ellos. Además, había varios matrimonios ya mayores cuyos hijos emigraran y mi abuela era como una hija para ellos por lo que siempre estaban en contacto. Era muy abierta y le gustaba hablar con la gente, hacía amigos sobre todo con la gente mayor y con los niños.
Después de un tiempo, el abuelo consiguió comprar su propia peluquería y más tarde, cuando mi abuela tuvo sus dos hijas, no quiso que fuese a trabajar porque viera, gracias a su trabajo, que muchos niños, cuando salían del colegio y llegaban a casa, la encontraban completamente vacían y estaban sólos porque los dos padres trabajaban, y él quería que quedara alguien para cuidar de sus hijas, así que mi abuela consiguió un trabajo en una fábrica en la que le traían los cables a casa para que ella los soldase.
Unos años más tarde, su hermano menor y su mujer llegaron a Londres y se quedaron a vivir con ellos. Mientras mi abuelo iba a trabajar en la peluquería y el hermano de mi abuela y su mujer iban a trabajar en los grandes invernaderos que tenían, ella quedaba en casa cuidando de las niñas de ambos matrimonios, hasta que dos años más tarde, su hermano y su familia volvieron para Galicia y se establecieron en Coruña.
Vivir en otro país supuso una gran riqueza cultural para mi abuela y viceversa, ya que ella también aportó mucho de su cultura española a sus vecinos. Por ejemplo, vivían en casas adosadas con jardines donde ella plantaba ajos, cebollas y pimientos, etc., como hacía en Galicia, lo que les llamaba la atención a sus vecinos.
Sin embargo, cuando ella volvió para Galicia, sus vecinos ingleses también plantaban ajos y pimientos y ella conocía otras hortalizas que no eran típicas de aquí, coma las calabazas, las judías, los pepinos o el brécol. Allí tenía un jardín tipo inglés, con una parte para césped y otra parte dedicada al cultivo de hortalizas.
El contacto con la familia en Galicia era más difícil que hoy que tenemos Internet, pero volvían de vacaciones todos los años un mes en verano a casa de los padres, a echarles una mano con los trabajos del campo y a mantener el contacto y así sus hijas conocían a la familia y a Galicia. Además, en casa les hablaban castellano e iban a clases de español los fines de semana.
Cuando su hija mayor, mi madre, cumplió catorce, decidieron volver a Galicia definitivamente. Lo que les movió a hacerlo fue que tenían varios amigos gallegos que emigraran coma ellos y tardaran mucho en volver, por lo que sus hijos se sentían ingleses y ya no querían volver para España, así que o se iban sin ellos o quedaban. Así, decidieron vender la casa pero esperaron dos años antes de vender la peluquería, por si acaso non se encontraban bien en España.
A la vuelta no fue todo lo agradable que se podía esperar. A mi abuela le costó acostumbrarse a Galicia de nuevo, después de veinte años en Inglaterra. La mentalidad de la gente en aquel momento era poco abierta y lo que más le molestaba eran todos los cuchicheos del pueblo. Volvió en 1984, cuando España aún no estaba en la Unión Europea y, aunque fuera a vivir a Coruña, capital de provincia, se notaba mucho la diferencia de vivir en un lugar tan cosmopolita como Londres. Pero tuvo la suerte de presenciar el enorme cambio que se produjo al entrar España en la Unión Europea y como progresó desde entonces.