Rosa es de Ponferrada, allí se casó con Constante y dio a luz a su primer hijo en 1963. Cuando el pequeño tenía unos pocos meses su marido tuvo que emigrar a Bélgica mientras ella se quedaba a cuidar del bebé, con la intención de acompañarlo lo antes posible. Así, en noviembre de ese mismo año, Rosa emprendió un viaje muy duro, una verdadera odisea con transbordo en Irún antes de cruzar la frontera hacia Francia, el pequeño, que aún no tenía un año de vida, ni siquiera andaba.
El día que llegó a Charleroi su marido le presentó a sus amigos y le enseñó la casa que ella se encargaría de cuidar en aquellos primeros momentos, hacía la compra, la comida y cuidaba del niño. Como la vivienda estaba en las afueras de la ciudad tenía que realizar largos recorridos para ir a comprar en los almacenes de la ciudad, por lo que solía aprovechar los momentos en los que su marido estaba en casa para ocuparse del niño y así ir más rápida, tanto andando como en tranvía.
De joven había trabajado en una tienda de tejidos en León y estaba muy acostumbrada a manejarse en las compras en grandes almacenes. Tenía muy buenas habilidades sociales y sabía algo de francés de cuando había preparado el ingreso en el bachillerato, todo esto le facilitó la integración en el ambiente de la ciudad. Siempre fue una mujer muy resuelta, con costumbre de tratar con los comerciantes, algo que le venía de casa ya que sus padres habían sido unos adelantados a su tiempo. El padre había estado cerca de doce años en Estados Unidos y hablaba inglés. Su madre había estado en Argentina, de forma que el modo de vida en el extranjero no le resultaba del todo extraño.
Solo estuvieron un año en Bélgica. Rosa tenía un hermano y una hermana viviendo en Alemania que les indicaron que las condiciones eran mejores que en Bélgica, por lo que se decidieron a probar suerte en la ciudad de Hagen. En esta ocasión ella empezó también a trabajar para completar el salario mensual, habló con unas monjas que le consiguieron un trabajo en el hospital. La conciliación familiar era complicada, además de su pequeño también debía hacerse cargo de su sobrino y, además, enseguida nació su segundo hijo, en septiembre de 1965. Rosa tenía que trabajar en el turno de mañana ya que Constante lo hacía en el de la tarde. Cogía el tranvía a diario a las siete y media para entrar a trabajar en el centro hospitalario a las ocho en punto. Su jornada de trabajo era de ocho horas, pero con su buen hacer pronto se ganó la confianza de la encargada, quien comprendía la necesidad de que Rosa atendiese a su familia, por lo que la dejaba salir antes de cumplir ese horario.
Rosa era ayudante de enfermeras, un trabajo que le entusiasmaba y que le sirvió para acabar entendiendo sin problemas el alemán. Se llevaba muy bien con el resto de compañeras y con todo el equipo del centro. En el área pediátrica en la que trabajaba entraban niños desde el sexto mes de gestación, que debían ir a incubadoras, hasta los doce años. Se trataba de un hospital universitario donde los alumnos de los últimos cursos de medicina hacían prácticas, por lo que era habitual que confiaran en ellas durante las consultas, ya que eran las encargadas de atender a los enfermos y consideraban sus opiniones fiables. Ella se sentía muy bien valorada y escuchada y sabe que, en caso de quedarse en el país, el centro fiables sus opiniones. Ella se sentía muy bien valorada y escuchada. Dice que si se hubiese quedado en el país el centro le hubiese apoyado para obtener alguna titulación, pero en ese momento pesó más la decisión familiar de retornar a Galicia.
Cuando regresaron a España hizo un curso de puericultura en Pontevedra, pero ya no volvió a trabajar. Tenían 5 hijos y había faena suficiente en casa, además su marido tenía un empleo razonablemente bueno.
Conservan muchas fotografías de los casi cinco años que estuvieron en Alemania. Como casi siempre era Constante quien las hacía, hay muchas fotos de ella y los niños, pero no tantas de su marido.
En el 79 volvió a Bélgica y Alemania porque su hermano enfermó de gravedad, como su vida corría peligro, se acercó de nuevo a Hagen para visitarlo. Se tenían mucho aprecio por lo que no se podía arriesgar a perderlo sin pasar unos últimos momentos con él. Sus hijos, que aún eran pequeños, se quedaron al cuidado del padre, en Vigo, mientras ella acompañaba al hermano. También aprovechó para ver a los vecinos alemanes con los que habían trabado una fuerte amistad. Las buenas noticias fueron que su hermano se recuperó y vivió en Alemania hasta el año 2000 y aun falleció hace unos pocos años,
Años más tarde viajó a Bélgica y a Lyon (Francia) con la Asociación de arte y filigrana de Vigo, a la que pertenece desde hace tiempo. Rosa siempre ha sido muy activa. Con 65 años hizo cursos de bolillos, repujado en cuero y serigrafía. Actualmente es voluntaria en Afundación, así como en otras entidades de la Xunta de Galicia donde ayuda en lo que puede y sabe.